
Una de las tareas que menos me agradan, es la de planchar. La verdad que disfruto hacer diversas actividades domésticas, pero el lavar y planchar no son mi fuerte. Sin embargo, es un mal necesario. Aún no he descubierto la forma en que la ropa se lave y planche sola, por lo que en vez de quejarme, simplemente realizo lo que deba hacer. La semana pasada, mientras decidía qué camisa iba a convertirse en mi suplicio diario, encontré una que representó un verdadero desafío a mi paciencia.
Existen prendas que parecen haber sido fabricadas para amargarnos la existencia, y absorbernos ese escaso tiempo libre que tenemos los estudiantes. Y justamente, la camisa que había elegido para ese día llenaba todos los requisitos de una prenda de vestir que atenta contra la mansedumbre humana. ¡Tenía una cantidad de arrugas...! Y no parecían arrugas cualesquiera, sino que se marcaban con un dejo de superioridad cuya huella no quería ser eliminada.
Acepté el reto de desaparecer de la camisa cada una de esas reminiscencias de descuido presentes en la prenda de vestir. Para esto tuve que recurrir a un nivel máximo de calor para la plancha. Con determinación estiré la prenda sobre la superficie donde planchaba, y poco a poco deslicé la plancha, en un intento por mejorar la apariencia de aquél objeto que deseaba usar. Conforme pasaban los minutos me dí cuenta de que con cada esfuerzo, la frustración aumentaba, pues las arrugas permanecían inamovibles frente a mis ataques con el electrodoméstico.
Tuve que arrodillarme para poder aplicar una mayor cantidad de fuerza, y porque necesitaba una posición un tanto más cómoda para dicha tarea. Y fue ahi, mientras estaba postrado luchando frenéticamente por alisar la camisa, cuando a mi mente llegó un pensamiento que me inquietó, y lo sigue haciendo:
Existen prendas que parecen haber sido fabricadas para amargarnos la existencia, y absorbernos ese escaso tiempo libre que tenemos los estudiantes. Y justamente, la camisa que había elegido para ese día llenaba todos los requisitos de una prenda de vestir que atenta contra la mansedumbre humana. ¡Tenía una cantidad de arrugas...! Y no parecían arrugas cualesquiera, sino que se marcaban con un dejo de superioridad cuya huella no quería ser eliminada.
Acepté el reto de desaparecer de la camisa cada una de esas reminiscencias de descuido presentes en la prenda de vestir. Para esto tuve que recurrir a un nivel máximo de calor para la plancha. Con determinación estiré la prenda sobre la superficie donde planchaba, y poco a poco deslicé la plancha, en un intento por mejorar la apariencia de aquél objeto que deseaba usar. Conforme pasaban los minutos me dí cuenta de que con cada esfuerzo, la frustración aumentaba, pues las arrugas permanecían inamovibles frente a mis ataques con el electrodoméstico.
Tuve que arrodillarme para poder aplicar una mayor cantidad de fuerza, y porque necesitaba una posición un tanto más cómoda para dicha tarea. Y fue ahi, mientras estaba postrado luchando frenéticamente por alisar la camisa, cuando a mi mente llegó un pensamiento que me inquietó, y lo sigue haciendo:
"Te arrodillas para quitar las arrugas de la camisa, pero no puedes postrarte para eliminar las arrugas en tu vida..."
Quedé helado... Por varios minutos me di cuenta de la realidad de dicha reflexión. No podía encontrar un justificativo para mi negligencia espiritual. No podía... no quería. Esta frase había llegado sin que la esperara, y frente a la camisa maltrecha por las arrugas medité en cómo las situaciones más insignificantes requieren un esfuerzo que no estamos dispuestos a realizar por cambiar aquellas situaciones verdaderamente valiosas. Una plancha, una camisa desprolija, y una postura de comodidad fueron lo que necesité para poder reaccionar ante mi aire de superioridad espiritual.
Constantemente añadimos arrugas a nuestra ya desaliñada vida, y por la mañana, o por la tarde, en un intento de apaciguar la conciencia, elevamos a Dios una oración con la intención de encontrar paz. Lamentablemente, en muchas ocasiones, nuestros problemas no quieren desaparecer. Y no sólo son problemas que surgen sin aviso; con frecuencia, muchos problemas son causados por nuestra propia actividad, por nuestras decisiones equivocadas. Y lo más triste no es que esté llena de arrugas nuestra vida, sino que no nos preocupemos por pedirle a Dios un poco de su "almidón celestial" para allanar esos desperfectos que manifestamos.
Es lindo saber que tenemos por Dios a un Ser que es Amor (1 Juan 4: 8), y que en Su misericordia infinita nos invita a reflexionar en nuestras acciones (Isaías 1: 18), para darnos cuenta de nuestra necesidad (Apoc. 3: 17), y aceptar su invitación a una vida "bien planchada", donde nuestros errores serán cosa del pasado (Miqueas 7: 18). No dudes hoy acercarte a Dios, quien conoce la mejor manera de tratar con nuestras vidas.
Constantemente añadimos arrugas a nuestra ya desaliñada vida, y por la mañana, o por la tarde, en un intento de apaciguar la conciencia, elevamos a Dios una oración con la intención de encontrar paz. Lamentablemente, en muchas ocasiones, nuestros problemas no quieren desaparecer. Y no sólo son problemas que surgen sin aviso; con frecuencia, muchos problemas son causados por nuestra propia actividad, por nuestras decisiones equivocadas. Y lo más triste no es que esté llena de arrugas nuestra vida, sino que no nos preocupemos por pedirle a Dios un poco de su "almidón celestial" para allanar esos desperfectos que manifestamos.
Es lindo saber que tenemos por Dios a un Ser que es Amor (1 Juan 4: 8), y que en Su misericordia infinita nos invita a reflexionar en nuestras acciones (Isaías 1: 18), para darnos cuenta de nuestra necesidad (Apoc. 3: 17), y aceptar su invitación a una vida "bien planchada", donde nuestros errores serán cosa del pasado (Miqueas 7: 18). No dudes hoy acercarte a Dios, quien conoce la mejor manera de tratar con nuestras vidas.
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