Hace unos días, platicando con un amigo, me dice:
“No servirías como comerciante… Das mucho por muy poco…”. Al principio no
comprendía la profundidad de esa declaración, sin embargo, conforme pasaban las
horas me convencía de que podría encontrar varios alegatos, en favor o en
contra de estas palabras. En principio, pareciera que nuestra meta en la vida
es superarnos, y superar a los demás. Eso es lo que se nos ha enseñado y lo que
han venido promoviendo tanto los gobiernos, como las escuelas, incluso las
familias. La trillada frase de “llegar a ser alguien en la vida” determina
nuestro accionar cotidiano.
Existe en la sociedad contemporánea un ávido deseo
de sobresalir, de estar por encima del común del pueblo, y si para llegar a tal
posición es necesario dejar de lado valores como la honestidad, la solidaridad,
el respeto, y la justicia, muchas personas no dudan en seguir adelante en esa
marcha inhumana. El sistema en el que nos desarrollamos premia los resultados,
sin importar mucho los métodos. Y es una situación bastante grave, pues la
negación de la hermandad en favor de la competencia, no hace más que confirmar
lo que Hobbes mencionara siglos atrás, en su obra El Leviatán: “El hombre es el lobo del hombre”.
El consumismo, y la excesiva competencia en la que
nos vemos envueltos diariamente reflejan vívidamente lo que mencionara Hobbes:
el egoísmo innato del hombre lo hace reaccionar de formas tan poco razonables
en beneficio de sí mismo, pero nunca del beneficio ajeno. Y a pesar de que en
su comentario en la obra antes citada, coloca a la sociedad como la encargada
de minimizar las tendencias egoístas del individuo fomentando la convivencia,
si Hobbes viviera en este siglo, estoy seguro se retractaría. Es la sociedad la
que, pareciera, orilla al hombre a potenciar su egoísmo innato en aras de su
complacencia y su mal llamada “autorrealización”.
Las consecuencias que estas conductas tienen en las
colectividades son terribles. Y lamentablemente, aquellos que se dicen
cristianos no son inmunes a sus efectos. Partiendo de la base de que la
“autorrealización” es necesaria para la felicidad, muchos consideran que la
obtención de un grado universitario les podría ayudar a alcanzar sus metas.
Otros más, se aferran a la idea de que la posesión de bienes materiales les
coloca en un nivel superior al de la media; y algunos incluso sostienen que es
a través de relaciones con personas de abolengo podrán alcanzar la tan anhelada
paz y estabilidad.
El problema es que, considerando la Biblia como
norma de fe y regla de vida, es el desprendimiento, y no la posesión; es la
ayuda solidaria, y no el egoísmo, lo que nos otorga la verdadera realización
como personas. Jesús, uno de los grandes maestros de toda la historia de la
humanidad, resumió dicha concepción en la famosa “regla de oro”: “Todo lo que quisieras que los hombres
hicieran contigo, eso mismo haz tú con ellos” (Mateo 7: 12). En la
profundidad de esta declaración se debieran centrar las relaciones
interpersonales.
Así, aquellos que quieren obtener alguna cosa,
debieran procurar, primero, que sus semejantes la obtuvieran primero. Esta
frase resulta en la “medicina” prescrita por Jesús para el egoísmo natural del
individuo. Siguiendo la línea de pensamiento del Maestro Jesús, la verdadera
realización está centrada en el prójimo y no en uno mismo, de modo que para la
consecución de los distintos logros y metas personales, deben ser consideradas
las demás personas como necesarias, pero no en un aspecto egoísta, sino de un
modo solidario.
Pareciera que Jesús estaba vislumbrando el devenir
del mundo, y trató de proveer un proyecto solidario y alternativo a la mera
obtención de logros personales. Jesús estaba instaurando una sociedad
igualitaria, en donde la hermandad, la solidaridad, y el interés por el prójimo
debieran ser la meta. El Maestro de Galilea intentaba revalorar las necesidades
personales e igualarlas a las necesidades ajenas, con el objetivo de mantener
siempre a la vista a los semejantes, para alcanzar la plena felicidad.
Asumiendo que las recomendaciones de Jesús fueran
válidas para nuestro tiempo, ¿No resultaría en un desafío bastante grande el
colocar mis intereses al nivel de los intereses ajenos? ¿Es eso razonable? Tal
vez no lo parezca en primera instancia, pero ¿Y si los demás se interesaran en
mis necesidades a la par que en las suyas? ¿Si el egoísmo natural del ser
humano estuviera siendo eliminado? Sería muy bueno para nosotros, dejaríamos
incluso de competir para centrarnos en una cultura del progreso compartido, del
amor por el prójimo, y los problemas serían compartidos y minimizados, o al
menos más fáciles de llevar.
Por eso me quedé pensando mucho en la frase de mi
amigo: “…Das mucho por muy poco…” Tal vez porque espero recibir lo mismo que
estoy otorgando, tal vez porque realmente creo en el proyecto social que Jesús
propuso. Incluso, podría suceder que, en algún momento, sin esperarlo, se diera
el caso que me llegara a encontrar en esta vida a alguien que creyera que las
palabras de Jesús tienen validez, y que representan un verdadero estilo de vida
digno de ser vivido, y pudiera disfrutar de esa amor desinteresado, movido por
las palabras del Maestro.
Por eso es que intento vivir al estilo de Jesús,
porque creo que realmente es una oportunidad viable, actual, necesaria, y
desafiante. Porque cuando nadie cree en lo que haces, siempre existe algún
“desubicado” que no encaja en la sociedad, y que te apoya; que cuando necesitas
algo, no duda en ayudarte sin esperar nada a cambio; porque en alguna parte del
planeta, que puede ser a la vuelta de la esquina, hay quien comparte tus mismos
ideales, y está tan convencido de la necesidad de un cambio, que ofrece todo lo
que tiene en pro de los demás.
Por tanto, prefiero ser un mal comerciante con
amigos a un ambicioso potentado solitario; prefiero ser un buen amigo tachado
de ingenuo, a un desdeñoso personaje que desconfía de quien se cruza por su
camino; prefiero pecar de bueno, que perderme de grandes oportunidades por
temor a la traición; prefiero terminar sin posesiones, que sin amigos. A mi amigo
le agradezco por haberme hecho reflexionar en esta situación, en vez de
sentirme ofendido. La gran verdad en esta vida, que es lo que me motiva a
seguir adelante pese a la dificultades, es que en todo momento y en todo lugar,
incluso de las personas que menos lo esperas, puedes aprender. A veces esas
lecciones son las más importantes, a veces son las más recordadas, a veces
simplemente son las necesarias.