sábado, 11 de mayo de 2013

Mal negocio...


Hace unos días, platicando con un amigo, me dice: “No servirías como comerciante… Das mucho por muy poco…”. Al principio no comprendía la profundidad de esa declaración, sin embargo, conforme pasaban las horas me convencía de que podría encontrar varios alegatos, en favor o en contra de estas palabras. En principio, pareciera que nuestra meta en la vida es superarnos, y superar a los demás. Eso es lo que se nos ha enseñado y lo que han venido promoviendo tanto los gobiernos, como las escuelas, incluso las familias. La trillada frase de “llegar a ser alguien en la vida” determina nuestro accionar cotidiano.

Existe en la sociedad contemporánea un ávido deseo de sobresalir, de estar por encima del común del pueblo, y si para llegar a tal posición es necesario dejar de lado valores como la honestidad, la solidaridad, el respeto, y la justicia, muchas personas no dudan en seguir adelante en esa marcha inhumana. El sistema en el que nos desarrollamos premia los resultados, sin importar mucho los métodos. Y es una situación bastante grave, pues la negación de la hermandad en favor de la competencia, no hace más que confirmar lo que Hobbes mencionara siglos atrás, en su obra El Leviatán: “El hombre es el lobo del hombre”.
El consumismo, y la excesiva competencia en la que nos vemos envueltos diariamente reflejan vívidamente lo que mencionara Hobbes: el egoísmo innato del hombre lo hace reaccionar de formas tan poco razonables en beneficio de sí mismo, pero nunca del beneficio ajeno. Y a pesar de que en su comentario en la obra antes citada, coloca a la sociedad como la encargada de minimizar las tendencias egoístas del individuo fomentando la convivencia, si Hobbes viviera en este siglo, estoy seguro se retractaría. Es la sociedad la que, pareciera, orilla al hombre a potenciar su egoísmo innato en aras de su complacencia y su mal llamada “autorrealización”.

Las consecuencias que estas conductas tienen en las colectividades son terribles. Y lamentablemente, aquellos que se dicen cristianos no son inmunes a sus efectos. Partiendo de la base de que la “autorrealización” es necesaria para la felicidad, muchos consideran que la obtención de un grado universitario les podría ayudar a alcanzar sus metas. Otros más, se aferran a la idea de que la posesión de bienes materiales les coloca en un nivel superior al de la media; y algunos incluso sostienen que es a través de relaciones con personas de abolengo podrán alcanzar la tan anhelada paz y estabilidad.

El problema es que, considerando la Biblia como norma de fe y regla de vida, es el desprendimiento, y no la posesión; es la ayuda solidaria, y no el egoísmo, lo que nos otorga la verdadera realización como personas. Jesús, uno de los grandes maestros de toda la historia de la humanidad, resumió dicha concepción en la famosa “regla de oro”: “Todo lo que quisieras que los hombres hicieran contigo, eso mismo haz tú con ellos” (Mateo 7: 12). En la profundidad de esta declaración se debieran centrar las relaciones interpersonales.
Así, aquellos que quieren obtener alguna cosa, debieran procurar, primero, que sus semejantes la obtuvieran primero. Esta frase resulta en la “medicina” prescrita por Jesús para el egoísmo natural del individuo. Siguiendo la línea de pensamiento del Maestro Jesús, la verdadera realización está centrada en el prójimo y no en uno mismo, de modo que para la consecución de los distintos logros y metas personales, deben ser consideradas las demás personas como necesarias, pero no en un aspecto egoísta, sino de un modo solidario.

Pareciera que Jesús estaba vislumbrando el devenir del mundo, y trató de proveer un proyecto solidario y alternativo a la mera obtención de logros personales. Jesús estaba instaurando una sociedad igualitaria, en donde la hermandad, la solidaridad, y el interés por el prójimo debieran ser la meta. El Maestro de Galilea intentaba revalorar las necesidades personales e igualarlas a las necesidades ajenas, con el objetivo de mantener siempre a la vista a los semejantes, para alcanzar la plena felicidad.

Asumiendo que las recomendaciones de Jesús fueran válidas para nuestro tiempo, ¿No resultaría en un desafío bastante grande el colocar mis intereses al nivel de los intereses ajenos? ¿Es eso razonable? Tal vez no lo parezca en primera instancia, pero ¿Y si los demás se interesaran en mis necesidades a la par que en las suyas? ¿Si el egoísmo natural del ser humano estuviera siendo eliminado? Sería muy bueno para nosotros, dejaríamos incluso de competir para centrarnos en una cultura del progreso compartido, del amor por el prójimo, y los problemas serían compartidos y minimizados, o al menos más fáciles de llevar.

Por eso me quedé pensando mucho en la frase de mi amigo: “…Das mucho por muy poco…” Tal vez porque espero recibir lo mismo que estoy otorgando, tal vez porque realmente creo en el proyecto social que Jesús propuso. Incluso, podría suceder que, en algún momento, sin esperarlo, se diera el caso que me llegara a encontrar en esta vida a alguien que creyera que las palabras de Jesús tienen validez, y que representan un verdadero estilo de vida digno de ser vivido, y pudiera disfrutar de esa amor desinteresado, movido por las palabras del Maestro.

Por eso es que intento vivir al estilo de Jesús, porque creo que realmente es una oportunidad viable, actual, necesaria, y desafiante. Porque cuando nadie cree en lo que haces, siempre existe algún “desubicado” que no encaja en la sociedad, y que te apoya; que cuando necesitas algo, no duda en ayudarte sin esperar nada a cambio; porque en alguna parte del planeta, que puede ser a la vuelta de la esquina, hay quien comparte tus mismos ideales, y está tan convencido de la necesidad de un cambio, que ofrece todo lo que tiene en pro de los demás.

Por tanto, prefiero ser un mal comerciante con amigos a un ambicioso potentado solitario; prefiero ser un buen amigo tachado de ingenuo, a un desdeñoso personaje que desconfía de quien se cruza por su camino; prefiero pecar de bueno, que perderme de grandes oportunidades por temor a la traición; prefiero terminar sin posesiones, que sin amigos. A mi amigo le agradezco por haberme hecho reflexionar en esta situación, en vez de sentirme ofendido. La gran verdad en esta vida, que es lo que me motiva a seguir adelante pese a la dificultades, es que en todo momento y en todo lugar, incluso de las personas que menos lo esperas, puedes aprender. A veces esas lecciones son las más importantes, a veces son las más recordadas, a veces simplemente son las necesarias.

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