lunes, 11 de abril de 2011

-El sembrador-









Recuerdo la primera vez que leí este poema, y deseo que puedas interiorizar las ideas aqui plasmadas. Es de Marcos Rafael Blanco Belmonte. Aqui te lo dejo:





De aquel rincón bañado por los fulgores
del sol
que nuestro cielo triunfante llena;

de la florida tierra donde entre flores

se deslizó mi infancia dulce y serena;

envuelto en los recuerdos de mi pasado,

borroso cual lo lejos del horizonte,

guardo el extraño ejemplo, nunca olvidado,

del sembrador más raro que hubo en el monte.

Aún no se si era sabio, loco o prudente
aquel hombre que humilde traje vestía;

sólo sé que al mirarle toda la gente

con profundo respeto se descubría.

Y es que acaso su gesto severo y noble

a todos asombraba por lo arrogante:

¡hasta los leñadores mirando al roble

sienten las majestades de lo gigante!


Una tarde de otoño subí a la sierra
y al sembrador, sembrando, miré risueño;

¡desde que existen hombres sobre la tierra

nunca se ha trabajado con tanto empeño!

Quise saber, curioso, lo que el demente

sembraba en la montaña sola y bravía;

el infeliz oyóme benignamente

y me dijo con honda melancolía:

—"Siembro robles y pinos y sicomoros;
quiero llenar de frondas esta ladera,

quiero que otros disfruten de los tesoros

que darán estas plantas cuando yo muera".


—"¿Por qué tantos afanes en la jornada
sin buscar recompensa?"—
dije. Y el loco
murmuró,
con las manos sobre la azada:

—«Acaso tú imagines que me equivoco;
acaso, por ser niño, te asombre mucho

el soberano impulso que mi alma enciende;

por los que no trabajan, trabajo y lucho;

si el mundo no lo sabe, ¡Dios me comprende!


»Hoy es el egoísmo torpe maestro
a quien rendimos culto de varios modos:

si rezamos, pedimos sólo el pan nuestro.

¡Nunca al cielo pedimos pan para todos!

En la propia miseria los ojos fijos,

buscamos las riquezas que nos convienen

y todo lo arrostramos por nuestros hijos.

¿Es que los demás padres hijos no tienen?...


Vivimos siendo hermanos sólo en el nombre
y, en las guerras brutales con sed de robo,

hay siempre un fratricida dentro del hombre,

y el hombre para el hombre siempre es un lobo.

»Por eso cuando al mundo, triste, contemplo,

yo me afano y me impongo ruda tarea

y sé que vale mucho mi pobre ejemplo

aunque pobre y humilde parezca y sea.


¡Hay que luchar por todos los que no luchan!
¡Hay que pedir por todos los que no imploran!

¡Hay que hacer que nos oigan los que no escuchan!

¡Hay que llorar por todos los que no lloran!

Hay que ser cual abejas que en la colmena

fabrican para todos dulces panales.
Hay que ser como el agua que va serena
brindando al mundo entero frescos raudales.

Hay que imitar al viento, que siembra flores
lo mismo en la montaña que en la llanura,

y hay que vivir la vida sembrando amores,

con la vista y el alma siempre en la altura».

Dijo el loco, y con noble melancolía

por las breñas del monte siguió trepando,

y al perderse en las sombras, aún repetía:

—«¡Hay que vivir sembrando! ¡Siempre sembrando!...»



Uno de los deseos inherentes al ser humano es el deseo de eternidad: Queremos que nuestras vidas no terminen, ser recordados, "dejar huellas", en resumen, queremos trascender. La trascendencia de nuestras vidas no debiera estar determinada por lo que tenemos, o por nuestro conocimiento, sino por nuestras acciones. Aquellas cosas que parecen no tener importancia son las que, por lo regular, determinan nuestra forma de ser, y la manera en que seremos recordados. Blanco Belmonte, en este poema, expresa el verdadero sentido de la vida: una vida de servicio. Sentenció Teresa de Calcuta:

"El que no vive para servir, no sirve para vivir"

Una vida de servicio, de entrega desinteresada, una vida empática, eso es lo que más necesita el mundo. Y la cristiandad, y aquellos que encuentran en Jesús de Nazaret un líder espiritual debiéramos estar conscientes de que las esencia de una vida cristiana verdadera estriba en el servicio. Jesús mismo declaró:

"Porque ni aun el Hijo del Hombre vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos"
Marcos 10: 45

La naturaleza misma ha sido diseñada para servir mutuamente, entonces, ¿Por qué queremos ir contra la corriente? Es momento de vivir una verdadera revolución de amor, en donde nuestro principal motor sea el amor: amor a Dios, y por consiguiente, amor a nuestros semejantes. No olvides que de esa manera lograrás imprimir un sello imborrable en la vida de los que te rodean... Y si somos muchos, ese sello podrá circuir el mundo entero. Cristo te invita, ¡Hagamos historia!

miércoles, 6 de abril de 2011

¿Con ruido o sin ruido?


Los primeros días en Argentina, cuando asisitía a las distintas iglesias de la localidad, para los servicios de adoración, lo que más me llamó la atención no fue tanto la infraestructura, ni los asientos, ni la gente, sino el alfombrado.

Esto podría sonar un poco retrógrado, pero es que en mi pueblo, en mi país, lo que menos acostumbramos, entre muchas otras cosas, es usar alfombras. Lleno de curiosidad veía a las personas entrar y salir del lugar de culto, pero no se escuchaban esos sonidos un tanto impropios, causados por el golpe de los tacones, a los que estaba acostumbrado en las iglesias en México.

Realmente me sentí satisfecho por el uso del alfombrado en la iglesia, incluso en la biblioteca de la universidad, pues aunque no lo parezca, cosas tan sencillas como el caminar, pueden llegar a ser del todo molestas cuando le añadimos un incensante ruido producido por los pasos. Incluso ahora es lindo asistir a los servicios religiosos, y no percibir más que un leve eco producido por el andar humano. Sin duda sería lindo caminar por la vida sin estar haciendo un poco incómoda la vida a los que nos rodean ¿no te parece?

Dentro de la vida, en el caminar diario de nuestra existencia, añadimos a nuestros"zapatos" materiales un tanto sonoros, como si fueran zapatos para bailar "TAP", de esos que en la suela tienen metal, empleado para acrecentar el sonido de los golpes del zapato. Con frecuencia nuestras actitudes generan este tipo de situaciones: Estar envueltos en chismes ajenos, ser deshonesto, vivir una vida desordenada, o simplemente haber cometido un error, que por más que lo hayas tratado de solucionar, no puedes, y vives con ese recuerdo de forma permanente.

¿Te ha pasado que entras a algún lugar, pretendiendo hacer el menor ruido posible, pero de todas formas, te conviertes en el centro de atención, a pesar de haber buscado pasar desapercibido? A mi sí, y muchas veces. Tal situación se repite con bastante regularidad en distintos ámbitos de la vida. A veces, conocemos algo de alguien, y en cuanto algunas personas nos ven, es como si hubieran escuchado el ruido de tus zapatos, y corren apresuradamente hacia tí, buscando información que no les compete.

Otras veces, tu misma presencia parece irradiar no sólo un ruido al caminar, sino una luz tenebrosa, que cuando miras a tu alrededor, sientes que todos te miran, pero evaden tu mirada, conscientes de alguna situación tuya que quisiste esconder, pero que no pudiste, y todos se enteran. Más veces aún, sucede que tu comportamiento genera que tus "pisadas" sean tan sonoras, que al sentir que vas hacia cierto lugar, otros tratan de huir despavoridos.

El sonido de nuestros pasos... Algo que no siempre podemos esconder, ni aminorar. Y es ahi donde entra la alfombra de la vida: Esa que te permite caminar confiado, pues tus pasos son ligeros, el sonido se aminora, la gente pierde interés en quien va, poniendo atención en el camino por el que transita... Y así funciona la vida cristiana. Muchos errores tintineantes podemos arrastrar en nuestro andar por este mundo, y por más que lo deseemos, por nuestra cuenta, no podemos apagar el ruido que generan nuestras decisiones equivocadas. Y aún cuando nuestra vida parece hacer más ruido que nunca, tenemos a nuestra disposición un camino alfombrado por el que debemos elegir entre transitar o no por él.

Juan, el discípulo amado, identificó ese camino con Jesús (Juan 14: 6). Los errores de nuestra vida han sido cubiertos con su "manto de justicia", incluso nuestra ropa ha sido cambiada por "ropas de salvación" (Is. 61: 10). Y hasta nuestro propio camino torcido puede ser enderezado con la obediencia (Salmo 119: 9). Y ante todo, recuerda estas palabras, que Dios ha expresado a sus siervos como promesa a su Pueblo, promesa para ti y para mi:


"...Allanad, allanad; barred el camino, quitad los tropiezos del camino de mi pueblo."
Isaías 57: 14
El camino de nuestra vida puede ser arreglado solamente por el Poder de Cristo obrando en nuestra vida, cuando asumimos su soberanía en nuestro propio ser, y en nuestro andar diario. Hoy, medita en estas palabras, pues "el ruido de tus zapatos" puede desaparecer, y cuando camines, no harás más ruido al caminar, y esos ecos distantes acercarán a otros al Camino que has elegido como la senda de tu vida.

sábado, 2 de abril de 2011

La carreta...


Hoy, comparto una reflexión que leí hace varios años, y que hoy logré encontrar:



Caminaba con mi padre cuando el se detuvo en una curva y después de un pequeño silencio me preguntó: Además del cantar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más?

Agudicé mis oídos y algunos segundos después le respondí: Estoy escuchando el ruido de una carreta.
Eso es -dijo mi padre-. Es una carreta vacía.

Pregunté a mi padre: ¿Cómo sabes que es una carreta vacía, si aun no la vemos? Entonces mi padre respondió: Es muy fácil saber cuándo una carreta está vacía, por causa del ruido. Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace.

Me convertí en adulto y hasta hoy cuando veo a una persona hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de todos, siendo inoportuna o violenta, presumiendo de lo que tiene, sintiéndose prepotente y haciendo de menos a la gente, tengo la impresión de oír la voz de mi padre diciendo: "Cuanto más vacía la carreta, mayor es el ruido que hace" La humildad consiste en callar nuestras virtudes y permitirle a los demás descubrirlas. Y recuerden que existen personas tan pobres que lo único que tienen es dinero. Y nadie está mas vacío que aquel que está lleno de sí mismo.

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Triste pero cierto: La realidad es que muy pocas veces nos detenemos a pensar en lo que decimos, y en la forma en que lo hacemos. Por lo regular sólo tratamos de hacer callar a los demás con nuestras palabras, a pesar de que no siempre contamos con la razón. Por otro lado, hay personas que tristemente hieren a los demás con sus palabras. Palabras que no debieron haber salido de los labios humanos, palabras llenas de desprecio, de enojo, de venganza, de necedad...

Curiosamente, uno de los órganos más complicados, y difíciles de "domar" es la lengua. Tan pequeño, pero como dice Santiago "una paqueña chispa, cuán grande bosque enciende..." (Stgo. 3: 5). Y realmente se necesita domar a este miembro del cuerpo, para evitar mayores complicaciones, en nuestra vida, y en la de los demás. Recurro a Salomón, para meditar en un proverbio acerca de ésto.

"La boca del justo producirá sabiduría; Mas la lengua perversa será cortada. Los labios del justo saben hablar lo que agrada; Mas la boca de los impíos habla perversidades"
Proverbios 10: 31, 32