sábado, 21 de junio de 2014

Ascenso…


Hoy fue uno de esos días que prefieres conservar en la memoria por siempre: tuve el privilegio de salir de excursión con dos grandes amigos, Benjamín y Oscar, quienes resultaron ser una gran bendición para mi vida. Desde la casa, y sin considerar la hora de salida, tomamos rumbo hacia la montaña que nos aguardaba con soberbia… Un día bastante nublado por ser el comienzo del verano, y sobre todo en una zona del bello estado de Chiapas en la que llueve mucho y en grandes cantidades. ¡Ah, qué día tan lindo! Mientras el sol se mantenía oculto detrás de los nubarrones, la excursión comenzaba presagiando un buen día.

El camino, lleno de barro por momentos, y con una frescura exquisita, resultaba ser poco laborioso. Una caminata espectacular… Sí, el sonido de las aves llenando el ambiente, el aroma de las flores, y la compañía de mis amigos resultaban ser una gran combinación en un día tan especial. No era especial por ser motivo de fiesta, ni mucho menos por algún aniversario… Simplemente ¡era sábado! Y si algo se debe celebrar el sábado, además de la comunión con Dios, es la vida. Vida, alegría, salud, compañía… ¡Una verdadera fiesta de la que estábamos participando con mucha alegría!

Subir la montaña luego de que terminara el camino se convirtió en un desafío interesante. En algunas ocasiones tuve que detenerme a tomar aire, ya que la cuesta se tornaba muy empinada. Benjamín, el menor de los que íbamos, resultó ser un excursionista atrevido, y diligente. ¡Siempre tomando la delantera! Pareciera que su vida dependiera de reconocer el camino, y brindarnos orientaciones acerca de la mejor ruta a seguir. Oscar, por su lado, siempre tan dinámico, sin darse por vencido, y con la guitarra sobre la espalda, mostraba signos de satisfacción ante cada obstáculo resuelto.

Subir la montaña, seguir senderos entre los árboles y la espesura de la maleza, y escalar ciertas partes muy verticales no es tan sencillo como parece. Sin embargo, al llegar a la cima de la montaña, y contemplar el valle que habíamos dejado atrás, no había duda: El premio era simplemente valioso. Desayunar en la parte más alta, teniendo como telón de fondo un impresionante cuadro de la naturaleza, son de esas cosas que se disfrutan al máximo, y que no quieres olvidar.

Mientras subía, y podía respirar, me encontraba meditando en lo que hacía. Salir a caminar, sin saber a dónde llegar, pero disfrutando la travesía. Recordaba cierta similitud con la aventura de la vida. Muchas veces no sabemos cómo llegar hasta nuestros objetivos, pero no por eso dejamos de caminar. En ocasiones, tales metas parecen inalcanzables,  y los obstáculos se presentan como infranqueables, y es ahí donde debemos tomar una decisión: dejarnos vencer y regresar, o continuar sabiamente hasta lograr nuestro cometido. Hoy recordé esa valiosa lección, ¡Debemos seguir!


No digo que fue sencillo, ni que caminé siempre con una sonrisa; admito que hubo momentos en que pensaba que lo más sensato era regresar. Pero más allá de mis propias limitaciones mentales y físicas, recordé que no estaba viajando solo. Jesús iba conmigo, tal como lo prometió en Mat. 28: 20 “…Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Y además, contaba con mis amigos, que con un simple gesto, una mirada, una palabra de ánimo, me llenaban de esperanza y me hacían continuar. Al final, subir la montaña, y bajarla después, no son un reto complicado. Es, de hecho, una aventura interesante, siempre que tengas presente la compañía divina, y una buena dosis de humor y apoyo de geniales amigos… ¿Qué dices?

sábado, 11 de mayo de 2013

Mal negocio...


Hace unos días, platicando con un amigo, me dice: “No servirías como comerciante… Das mucho por muy poco…”. Al principio no comprendía la profundidad de esa declaración, sin embargo, conforme pasaban las horas me convencía de que podría encontrar varios alegatos, en favor o en contra de estas palabras. En principio, pareciera que nuestra meta en la vida es superarnos, y superar a los demás. Eso es lo que se nos ha enseñado y lo que han venido promoviendo tanto los gobiernos, como las escuelas, incluso las familias. La trillada frase de “llegar a ser alguien en la vida” determina nuestro accionar cotidiano.

Existe en la sociedad contemporánea un ávido deseo de sobresalir, de estar por encima del común del pueblo, y si para llegar a tal posición es necesario dejar de lado valores como la honestidad, la solidaridad, el respeto, y la justicia, muchas personas no dudan en seguir adelante en esa marcha inhumana. El sistema en el que nos desarrollamos premia los resultados, sin importar mucho los métodos. Y es una situación bastante grave, pues la negación de la hermandad en favor de la competencia, no hace más que confirmar lo que Hobbes mencionara siglos atrás, en su obra El Leviatán: “El hombre es el lobo del hombre”.
El consumismo, y la excesiva competencia en la que nos vemos envueltos diariamente reflejan vívidamente lo que mencionara Hobbes: el egoísmo innato del hombre lo hace reaccionar de formas tan poco razonables en beneficio de sí mismo, pero nunca del beneficio ajeno. Y a pesar de que en su comentario en la obra antes citada, coloca a la sociedad como la encargada de minimizar las tendencias egoístas del individuo fomentando la convivencia, si Hobbes viviera en este siglo, estoy seguro se retractaría. Es la sociedad la que, pareciera, orilla al hombre a potenciar su egoísmo innato en aras de su complacencia y su mal llamada “autorrealización”.

Las consecuencias que estas conductas tienen en las colectividades son terribles. Y lamentablemente, aquellos que se dicen cristianos no son inmunes a sus efectos. Partiendo de la base de que la “autorrealización” es necesaria para la felicidad, muchos consideran que la obtención de un grado universitario les podría ayudar a alcanzar sus metas. Otros más, se aferran a la idea de que la posesión de bienes materiales les coloca en un nivel superior al de la media; y algunos incluso sostienen que es a través de relaciones con personas de abolengo podrán alcanzar la tan anhelada paz y estabilidad.

El problema es que, considerando la Biblia como norma de fe y regla de vida, es el desprendimiento, y no la posesión; es la ayuda solidaria, y no el egoísmo, lo que nos otorga la verdadera realización como personas. Jesús, uno de los grandes maestros de toda la historia de la humanidad, resumió dicha concepción en la famosa “regla de oro”: “Todo lo que quisieras que los hombres hicieran contigo, eso mismo haz tú con ellos” (Mateo 7: 12). En la profundidad de esta declaración se debieran centrar las relaciones interpersonales.
Así, aquellos que quieren obtener alguna cosa, debieran procurar, primero, que sus semejantes la obtuvieran primero. Esta frase resulta en la “medicina” prescrita por Jesús para el egoísmo natural del individuo. Siguiendo la línea de pensamiento del Maestro Jesús, la verdadera realización está centrada en el prójimo y no en uno mismo, de modo que para la consecución de los distintos logros y metas personales, deben ser consideradas las demás personas como necesarias, pero no en un aspecto egoísta, sino de un modo solidario.

Pareciera que Jesús estaba vislumbrando el devenir del mundo, y trató de proveer un proyecto solidario y alternativo a la mera obtención de logros personales. Jesús estaba instaurando una sociedad igualitaria, en donde la hermandad, la solidaridad, y el interés por el prójimo debieran ser la meta. El Maestro de Galilea intentaba revalorar las necesidades personales e igualarlas a las necesidades ajenas, con el objetivo de mantener siempre a la vista a los semejantes, para alcanzar la plena felicidad.

Asumiendo que las recomendaciones de Jesús fueran válidas para nuestro tiempo, ¿No resultaría en un desafío bastante grande el colocar mis intereses al nivel de los intereses ajenos? ¿Es eso razonable? Tal vez no lo parezca en primera instancia, pero ¿Y si los demás se interesaran en mis necesidades a la par que en las suyas? ¿Si el egoísmo natural del ser humano estuviera siendo eliminado? Sería muy bueno para nosotros, dejaríamos incluso de competir para centrarnos en una cultura del progreso compartido, del amor por el prójimo, y los problemas serían compartidos y minimizados, o al menos más fáciles de llevar.

Por eso me quedé pensando mucho en la frase de mi amigo: “…Das mucho por muy poco…” Tal vez porque espero recibir lo mismo que estoy otorgando, tal vez porque realmente creo en el proyecto social que Jesús propuso. Incluso, podría suceder que, en algún momento, sin esperarlo, se diera el caso que me llegara a encontrar en esta vida a alguien que creyera que las palabras de Jesús tienen validez, y que representan un verdadero estilo de vida digno de ser vivido, y pudiera disfrutar de esa amor desinteresado, movido por las palabras del Maestro.

Por eso es que intento vivir al estilo de Jesús, porque creo que realmente es una oportunidad viable, actual, necesaria, y desafiante. Porque cuando nadie cree en lo que haces, siempre existe algún “desubicado” que no encaja en la sociedad, y que te apoya; que cuando necesitas algo, no duda en ayudarte sin esperar nada a cambio; porque en alguna parte del planeta, que puede ser a la vuelta de la esquina, hay quien comparte tus mismos ideales, y está tan convencido de la necesidad de un cambio, que ofrece todo lo que tiene en pro de los demás.

Por tanto, prefiero ser un mal comerciante con amigos a un ambicioso potentado solitario; prefiero ser un buen amigo tachado de ingenuo, a un desdeñoso personaje que desconfía de quien se cruza por su camino; prefiero pecar de bueno, que perderme de grandes oportunidades por temor a la traición; prefiero terminar sin posesiones, que sin amigos. A mi amigo le agradezco por haberme hecho reflexionar en esta situación, en vez de sentirme ofendido. La gran verdad en esta vida, que es lo que me motiva a seguir adelante pese a la dificultades, es que en todo momento y en todo lugar, incluso de las personas que menos lo esperas, puedes aprender. A veces esas lecciones son las más importantes, a veces son las más recordadas, a veces simplemente son las necesarias.

sábado, 14 de enero de 2012

El árbol confundido

Hoy, comparto otra historia, de esas motivacionales, en las que siempre podemos obtener alguna lección. Esta vez, la historia se titula "El árbol confundido", cuyo autor desconozco. Aqui se los dejo:

"Habia una vez, algun lugar que podria ser cualquier lugar, y en un tiempo que podria ser cualquier tiempo, un hermoso jardin, con manzanos, naranjos, perales y bellisimos rosales, todos ellos felices y satisfechos. Todo era alegria en el jardin, excepto por un árbol profundamente triste. El pobre tenía un problema: "No sabia quien era." 

Lo que le faltaba era concentración, le decia el manzano, si realmente lo intentas, podrás tener sabrosas manzanas. 
"¿Ves que fácil es?" 
No lo escuches, exigia el rosal. Es más sencillo tener rosas y "¿Ves qué bellas son?" 
Y el árbol desesperado, intentaba todo lo que le sugerian, y como no lograba ser como los demás, se sentia cada vez más frustrado. 

Un día llegó hasta el jardin el buho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperacion del árbol, exclamó: No te preocupes, tu problema no es tan grave, es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. Yo te daré la solución: 

"No dediques tu vida a ser como los demás quieran que seas...Sé lo que Dios quiere que seas, y para lograrlo, escúchalo." 

Y dicho esto, el buho desapareció. 

¿Lo que Dios quiere que sea...? Se preguntaba el árbol desesperado, cuando de pronto, comprendió... 
Y cerrando los ojos y los oidos, abrió el corazón, y por fin pudo escuchar: 

"Tu jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso. Dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros, belleza al paisaje... Tienes una misión Cumplela". 

Y el árbol se sintió fuerte y seguro y se dispuso a ser todo aquello para lo cual habia sido creado. 

Asi, pronto llenó su espacio y fue admirado y respetado por todos. 

Y solo entonces el jardin fue completamente feliz".


Muchas veces, nos dejamos llevar por las comparaciones, puesto que nuestra naturaleza, por lo regular, nos induce a medirnos de acuerdo a lo que los demás hacen, la forma como viven, y por más que se diga que es una "sana envidia", muchas veces se pretende ser como los demás. Los logros ajenos son, para muchos, más importantes que los propios; la preparación académica de los demás es más afortunada que la que hemos recibido... En fin, no terminarían los ejemplos acerca de las comparaciones, y la frustración que esto genera en los que viven a la sombra de los demás.

Ya el sabio Salomón, siglos atrás, escribió "Todo lo que te venga a la mano para hacer, hazlo con empeño..." (Ecl. 9: 10). Otras versiones traducen "según tus fuerzas...". Y realmente es una porción de la Escritura que revela mucha sabiduría, ya que no hay mejor consejo, para un mundo en el que todo mundo vive en una competencia constante e interminable. "Según tus fuerzas..." Cualquier cosa que realices, hazla lo mejor que puedas, dedícale tiempo suficiente, y siéntete satisfecho con tus logros, por más pequeños que los consideres, ya que son tuyos, y de nadie más.

Siempre habrá gente más preparada que tú, más inteligente que tú, más graciosa que tú, más hermosa que tú... Pero tú, eres único, y Dios y la gente no desean que seas una copia de otro, sino que anhelan ver tu autenticidad en lo que haces, y se alegrarán de tus logros cuando hagas lo mejor que puedas... Y si no se alegran, o no lo agradecen ni lo reconocen, igual disfruta, pues estarás muy orgulloso de tus capacidades, que son inigualables.

lunes, 9 de enero de 2012

Melodías vivas

 



Hace ya bastante tiempo que no había dedicado tiempo a escribir en el blog... Y no es que me falte tiempo, sino que no me he dado el tiempo necesario para escribir, para reflexionar, para hacer catarsis escritural... Pero la oportunidad se ha dado, así que de nuevo estamos frente al ordenador, invocando pensamientos que no se dejan aprisionar en palabras comunes.

Estas vacaciones he podido estar en casa, después de dos años sin compartir tantos momentos familiares, y aprovechando la banda ancha del internet, por las noches, me dedico a mirar videos y escuchar música. Es un hobbie que me fascina: Disfruto constantemente de los altibajos de las notas, de los cambios en el ritmo, incluso de los silencios... Reconozco en la música un universo de sentimientos inefables, de un idioma no verbal, que todos conocemos, pues el corazón es capaz de interpretar. Y muchas veces, mientras escucho música, me invade la congoja, me llena la felicidad, a veces me dejo llevar por el éxtasis de la melodía,  y entonces...

Los recuerdos son conjurados por las piezas musicales, y cada uno se agrupa con otros, con formas extrañas, irreverentes. Muchos de ellos, alegres, contienen rostros, gestos, ilusiones, aventuras... Algunos más, me hacen estremecer, y frases muy parecidas a "¿Cómo pudo pasar?", "¿Por qué terminó?", "Fui tan tonto", "No debí hacer eso" levantan su estandarte, y trastocan de nuevo las cicatrices de mi vida. Pero hay otros pensamientos, que aunque son recuerdos no sucedieron... Las ilusiones.

Y son las ilusiones las que siempre toman la batuta en el concierto mental de las personas. Aquellas esperanzas que abrazamos, esa fe que nos mantiene en el camino, los anhelos que refrescan nuestra vida, las aspiraciones que son el motor de nuestro trabajo, son las que colocan en un orden muy particular cada una de las notas musicales que nuestra memoria ha procesado. Porque si no te has dado cuenta, en la mente siempre suena la música. "La música nos rodea", decía August Rush, y es cierto.

Somos directores de una mini orquesta, la de nuestra propia vida, y en ella, muchas veces interpretamos música apacible, y estridencias discordantes. La melodía de nuestras acciones es escuchada por los demás, y son ellos quienes disfrutan o sufren con nuestra sinfonía. La vida siempre tiene momentos sublimes, en los que nos dan ganas de reir, de gritar, de abrazar, de sonreír. Y claro está, hay momentos también en los que simplemente ejecutamos notas sombrías, que llenan de lágrimas nuestros ojos. Y como no sólo somos directores, sino también espectadores del arte de la vida, nos toca a veces escuchar tristes piezas de los demás, que repercuten en nuestro concierto.

Lo bueno de la música es la variedad, y aunque a veces escuchamos una pieza dramática, o incluso agresiva, si seguimos escuchando, lograremos percibir música agradable, que brota de los corazones agradecidos. Y esa música no debiera desaparecer, porque es la que mejor hace al alma, no sólo a la que escucha, sino también a la que la ejecuta. Hoy, y todos los días, esforcémonos por entonar melodías agradables, nuevas, de esas que cautivan los oídos, y seducen corazones, sin olvidar que nuestra mejor canción siempre debe tener a Dios como el destinatario, pues ya lo dice la Escritura "Cantad alegres a YHWH, habitantes de toda la tierra..." (Salmo 100: 1). y entonces, la música sonará fuerte, alegrando corazones, transformando vida, y curando heridas.