Hoy fue uno de esos días que prefieres conservar en la
memoria por siempre: tuve el privilegio de salir de excursión con dos grandes
amigos, Benjamín y Oscar, quienes resultaron ser una gran bendición para mi
vida. Desde la casa, y sin considerar la hora de salida, tomamos rumbo hacia la
montaña que nos aguardaba con soberbia… Un día bastante nublado por ser el
comienzo del verano, y sobre todo en una zona del bello estado de Chiapas en la
que llueve mucho y en grandes cantidades. ¡Ah, qué día tan lindo! Mientras el
sol se mantenía oculto detrás de los nubarrones, la excursión comenzaba
presagiando un buen día.
El camino, lleno de barro por momentos, y con una frescura
exquisita, resultaba ser poco laborioso. Una caminata espectacular… Sí, el
sonido de las aves llenando el ambiente, el aroma de las flores, y la compañía
de mis amigos resultaban ser una gran combinación en un día tan especial. No era
especial por ser motivo de fiesta, ni mucho menos por algún aniversario…
Simplemente ¡era sábado! Y si algo se debe celebrar el sábado, además de la
comunión con Dios, es la vida. Vida, alegría, salud, compañía… ¡Una verdadera fiesta
de la que estábamos participando con mucha alegría!
Subir la montaña luego de que terminara el camino se
convirtió en un desafío interesante. En algunas ocasiones tuve que detenerme a
tomar aire, ya que la cuesta se tornaba muy empinada. Benjamín, el menor de los
que íbamos, resultó ser un excursionista atrevido, y diligente. ¡Siempre
tomando la delantera! Pareciera que su vida dependiera de reconocer el camino,
y brindarnos orientaciones acerca de la mejor ruta a seguir. Oscar, por su lado,
siempre tan dinámico, sin darse por vencido, y con la guitarra sobre la
espalda, mostraba signos de satisfacción ante cada obstáculo resuelto.
Subir la montaña, seguir senderos entre los árboles y la
espesura de la maleza, y escalar ciertas partes muy verticales no es tan
sencillo como parece. Sin embargo, al llegar a la cima de la montaña, y
contemplar el valle que habíamos dejado atrás, no había duda: El premio era
simplemente valioso. Desayunar en la parte más alta, teniendo como telón de
fondo un impresionante cuadro de la naturaleza, son de esas cosas que se
disfrutan al máximo, y que no quieres olvidar.
Mientras subía, y podía respirar, me encontraba meditando en
lo que hacía. Salir a caminar, sin saber a dónde llegar, pero disfrutando la
travesía. Recordaba cierta similitud con la aventura de la vida. Muchas veces
no sabemos cómo llegar hasta nuestros objetivos, pero no por eso dejamos de
caminar. En ocasiones, tales metas parecen inalcanzables, y los obstáculos se presentan como infranqueables,
y es ahí donde debemos tomar una decisión: dejarnos vencer y regresar, o
continuar sabiamente hasta lograr nuestro cometido. Hoy recordé esa valiosa
lección, ¡Debemos seguir!
No digo que fue sencillo, ni que caminé siempre con una
sonrisa; admito que hubo momentos en que pensaba que lo más sensato era
regresar. Pero más allá de mis propias limitaciones mentales y físicas, recordé
que no estaba viajando solo. Jesús iba conmigo, tal como lo prometió en Mat. 28:
20 “…Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. Y además,
contaba con mis amigos, que con un simple gesto, una mirada, una palabra de
ánimo, me llenaban de esperanza y me hacían continuar. Al final, subir la
montaña, y bajarla después, no son un reto complicado. Es, de hecho, una
aventura interesante, siempre que tengas presente la compañía divina, y una
buena dosis de humor y apoyo de geniales amigos… ¿Qué dices?
