Hace ya bastante tiempo que no había dedicado tiempo a escribir en el blog... Y no es que me falte tiempo, sino que no me he dado el tiempo necesario para escribir, para reflexionar, para hacer catarsis escritural... Pero la oportunidad se ha dado, así que de nuevo estamos frente al ordenador, invocando pensamientos que no se dejan aprisionar en palabras comunes.
Estas vacaciones he podido estar en casa, después de dos años sin compartir tantos momentos familiares, y aprovechando la banda ancha del internet, por las noches, me dedico a mirar videos y escuchar música. Es un hobbie que me fascina: Disfruto constantemente de los altibajos de las notas, de los cambios en el ritmo, incluso de los silencios... Reconozco en la música un universo de sentimientos inefables, de un idioma no verbal, que todos conocemos, pues el corazón es capaz de interpretar. Y muchas veces, mientras escucho música, me invade la congoja, me llena la felicidad, a veces me dejo llevar por el éxtasis de la melodía, y entonces...
Los recuerdos son conjurados por las piezas musicales, y cada uno se agrupa con otros, con formas extrañas, irreverentes. Muchos de ellos, alegres, contienen rostros, gestos, ilusiones, aventuras... Algunos más, me hacen estremecer, y frases muy parecidas a "¿Cómo pudo pasar?", "¿Por qué terminó?", "Fui tan tonto", "No debí hacer eso" levantan su estandarte, y trastocan de nuevo las cicatrices de mi vida. Pero hay otros pensamientos, que aunque son recuerdos no sucedieron... Las ilusiones.
Y son las ilusiones las que siempre toman la batuta en el concierto mental de las personas. Aquellas esperanzas que abrazamos, esa fe que nos mantiene en el camino, los anhelos que refrescan nuestra vida, las aspiraciones que son el motor de nuestro trabajo, son las que colocan en un orden muy particular cada una de las notas musicales que nuestra memoria ha procesado. Porque si no te has dado cuenta, en la mente siempre suena la música. "La música nos rodea", decía August Rush, y es cierto.
Somos directores de una mini orquesta, la de nuestra propia vida, y en ella, muchas veces interpretamos música apacible, y estridencias discordantes. La melodía de nuestras acciones es escuchada por los demás, y son ellos quienes disfrutan o sufren con nuestra sinfonía. La vida siempre tiene momentos sublimes, en los que nos dan ganas de reir, de gritar, de abrazar, de sonreír. Y claro está, hay momentos también en los que simplemente ejecutamos notas sombrías, que llenan de lágrimas nuestros ojos. Y como no sólo somos directores, sino también espectadores del arte de la vida, nos toca a veces escuchar tristes piezas de los demás, que repercuten en nuestro concierto.
Lo bueno de la música es la variedad, y aunque a veces escuchamos una pieza dramática, o incluso agresiva, si seguimos escuchando, lograremos percibir música agradable, que brota de los corazones agradecidos. Y esa música no debiera desaparecer, porque es la que mejor hace al alma, no sólo a la que escucha, sino también a la que la ejecuta. Hoy, y todos los días, esforcémonos por entonar melodías agradables, nuevas, de esas que cautivan los oídos, y seducen corazones, sin olvidar que nuestra mejor canción siempre debe tener a Dios como el destinatario, pues ya lo dice la Escritura "Cantad alegres a YHWH, habitantes de toda la tierra..." (Salmo 100: 1). y entonces, la música sonará fuerte, alegrando corazones, transformando vida, y curando heridas.
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