domingo, 27 de marzo de 2011

¡Otra vez lluvia!...


La semana pasada, en la Universidad, estuvo lloviendo prácticamente todo el día, desde el miércoles hasta el sábado de madrugada, con intervalos el jueves... Y si algo me llamó la atención, es la forma en la que las personas aceptamos el cambiante y casi imprevisible clima: algunos simplemente se quejaban de la falta de sol, del frio, del viento; otros más, tenían cierta preocupacion debido a la necesidad de lavar ropa, pero que no se secaría a causa de la tormenta; algunos otros, compartían ideas sobre cómo disfrutar de dicho clima...

Ante formas tan diversas de encarar la misma dificultad, y sin posibilidad de modificarla, me cautivó lo complejos que somos los seres humanos, pues ante una misma "dificultad" se suelen pensar bastantes maneras de llevar adelante la vida. A mi mente llegó el recuerdo de un proverbio chino que reza "Si el problema tiene solución, ¿Por qué te preocupas?... Y si no tiene solución ¿Para qué te preocupas?"

Las tormentas de la vida pueden ser de intensidades diferentes, con repercusiones variadas; sin embargo, por más que nos enfademos con el clima, éste se presenta como superior a nuestro humor, ya que no considera nuestras quejas, sino que, calmada o bruscamente, continúa con su imperturbable actividad. Y ante la respuesta del clima a nuestras quejas, o nuestros anhelos, ¿Es sensato sufrir por algo que no se inmuta ante nuestras palabras, maldiciones, bendiciones, o agradecimientos?

Jesús de Nazaret, 20 siglos antes, formuló una idea similar al referirse a las situaciones que tal vez no sean de nuestro agrado, o con las que no estemos conformes. Dijo:

"¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida? Ya que no pueden hacer algo tan insignificante, ¿por qué se preocupan por lo demás?" Lucas 12: 25, 26
Nuestra vida es mucho más que gustos. Los deseos que sentimos no tienen que determinar nuestro humor, sino servir para recordar la insignificancia de nuestras acciones ante los hechos que nos rodean, y las leyes que determinan nuestra existencia. No creo que exista una fórmula mágica para la felicidad. Y eso me entristece, pues por años estuve buscándola sin resultados provechosos... Pero descubrí, a través de las lágrimas, las decepciones, y contadas alegrías, que la felicidad, "ESA" tan buscada, no es un estado determinado, sino una forma en la que vivimos en la vida, una manera de encarar la vida... "La felicidad no es el destino... Es el camino".

Si llegamos a comprender, y aceptar esta realidad las tormentas de la vida, ya sea torrenciales aguaceros, o simples lloviznas con atisbos de sol, llegarán a vislumbrar que siempre, después de la tormenta viene la calma.


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